All is full of… what?

Un contacto de esos del Facebook a los que sigo porque están muy buenos compartió ayer el vídeo de ‘All is Full of Love’, de Björk. De repente, volví a ser aquel chaval que lo flipaba todo con el talento de la cantante islandesa y de Chris Cunningham y que consideró este videoclip como el culmen de la belleza. Claro que ese mismo chaval, ese mismo año (1999), también pensaba que ‘Porcelain’ de Moby era la canción más bonita del mundo. Pero este es otro tema.

El caso es que esta regresión inesperada también me trajo a la mente una frase muy 0,60: “Björk molaba hasta el homoyénic“. Personalmente, creo que Björk molaba hasta ‘Selmasongs”. Pero eso no altera demasiado la cruda realidad. Los últimos discos de esta chica son un rollo pesadísimo y, aunque tenga mérito hacer canciones rascando dos raspas de sardina, lo que mola es ‘Hyperballad’.

A lo que yo me pregunto: ¿qué pensará Björk, ahí en su casa, a día de hoy? ¿Hubiera deseado quedarse congeladita encarnada en un robot níveo y cuqui, en su momento de gloria? Yo quiero entender que no, que la mujer está súper orgullosa de su carrera y que se alegra de haber sacado cada disco. Incluso este último, a pesar de que la pena que me embarga al escucharlo me hace desear no solo morirme yo, sino que la palmemos todos y acabemos de una vez con tanto dolor.

Si le preguntara, asumo que me diría que ella es una artista y que le compensa mucho más su viaje de experimentación musical que recibir un premio de la MTV. Que, total, pasta ya tiene y que es un tontería pretender que los chavales de 20 años te de su amor cuando ya apenas se acuerdan de Lady Gaga.

Pues vale. Si Björk está satisfecha yo… O sea, por mi… Quiero decir, que en ese caso… ¡Coño! ¿Entonces qué pasa conmigo?

Yo no tengo álbumes con los que medir mis éxitos. O marcar mis eras, que es lo que hacen ahora las exaltadas de la red con sus divas. “Mi era instituto”, en todo caso. “La era universidad”. Más o menos, las personitas normales podemos hacer este tipo de divisiones en nuestra biografía. Pero, ¿qué pasa luego? Yo puedo usar de referencia las diferentes empresas en las que he trabajado y asumir, no sé si de forma cándida, que cada una ha sido mejor que la anterior. Igual que ‘Medúlla’ es mejor que ‘Vespertine’… Ay… Dios…

Por otro lado, tendemos a idealizar nuestras eras pasadas. De ahí que triunfen los grupos de Facebook de nostalgia ochentera. ¿Por qué molaba todo más, cual Björk robótica, cuando íbamos a EGB? ¿Es nuestra infancia nuestro ‘Debut’ emocional? Porque así, a bote pronto, que nuestros mejores años sean aquellos en los que no hacíamos nada relevante me parece… triste. ¿Para qué vivimos, pues, llegados al instituto?

Supongo que, a las puertas de la crisis de la mediana edad, nos queda la esperanza de tener nuestro ‘Ray of Light’. Sobre todo porque, llegado el caso, aún nos quedaría nuestro ‘Confessions’ en recámara. Pero, claro, no todos somos Madonna, reina del pop que se ha forjado una sólida imagen de tía lista y calculadora, que no duda en aprovechar el talento ajeno en beneficio propio. “Madonna es la ambición rubia” (cero sesenta). Y que conste que lo digo sin connotaciones negativas. Es más, lo digo desde la admiración y el convencimiento de que todos deberíamos ser así. Un poco. Lo normal.

Porque sin ambición, no hay objetivos. Y sin objetivos, la vida se convierte en un ‘lo que te echen’ que te puede salir bien, pero te puede salir mal. O salir regular. Las mismas opciones que tienes si persigues un objetivo, claro está, qué tonterías digo. Pero, volviendo a Björk, seguro que ella le encuentra más sentido a la vida sampleando eructos que viendo la tele.

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