Fábula del osezno y la ausencia

Osezno entró en el bar del zoológico sonriendo de oreja a oreja y dando saltitos. A ojos de Pingüino, que lo esperaba apoyado en la barra, estaba aún más feliz que de costumbre. El cachorro se entretuvo a saludar a todo el mundo con efusividad, dando besos y abrazos incluso a aquellos que lo recibían con evidente frialdad. Pero Osezno parecía no advertirlo y siguió repartiendo amor en su camino hacia la barra.

–Camarero, pónganos una ronda de lo que esté tomando aquí mi amigo Pingüino, que la pago yo ­–dijo el osito todo ufano mientras tomaba asiento al lado de su colega y le pasaba el brazo por encima del hombro.

–¿Hace falta que te diga que no tienes edad para beber, joven? –respondió Tortuga con la parsimonia que dan más de ochenta años detrás de una barra aguantando parroquianos de todo pelo.

–Bueno, si cuela, cuela… ¡Lo tenía que probar! –Osezno le guiñó un ojo a Pingüino antes de dirigirse de nuevo al camarero–. Vale, pues a mí póngame una Coca-Cola Zero, por favor. ¡Y una de bravas! –añadió, en una ocurrencia súbita.

–Vaya… ¿qué celebramos? –repuso Pingüino, desconcertado, mientras Tortuga empezaba a servir la bebida. Osezno era amable y generoso pero pocas veces se podía permitir algo más que su propia consumición.

–¡Mañana se despierta! ¡Mañana se despierta! ¡Viva! –Osezno envolvió a Pingüino en un fuerte abrazo y empezó a dar saltitos mientras gritaba– ¡Por fin nos veremos!

–Ah… Ahora lo entiendo… Claro, mañana es el gran día… Me alegro mucho, chaval –dijo Pingüino mientras se sentaba de nuevo en su taburete, dolorido.

Y, en verdad, Pingüino se alegraba por su amigo. Osezno había pasado una larga temporada esperando que terminara el periodo de hibernación para poder volver a estar con Oso, el amor de su vida. Si el cachorro era por lo general un crío alegre, cerca de su amado era la viva imagen de la felicidad.

Oso era, de lejos, el ejemplar más carismático en el zoo. No era el más grande ni el más fuerte, pero había algo en su mirada que seducía de un modo muy intenso. Todos los osos lo admiraban, Osezno el primero y más incondicional, e incluso los visitantes lo conocían por su nombre. De algún modo que Pingüino no podía llegar a entender, entre Osezno y Oso había nacido un vínculo muy fuerte. Algo inequívocamente romántico, pero que no iba a ninguna parte. Cada invierno, Oso se retiraba al pabellón que el zoo disponía para que los osos con mayor demanda energética conservaran fuerzas hibernando. Mientras, los más jóvenes como Osezno permanecían despiertos para atender al público.

–¡Sí! ¡Qué ganas tengo! –El cachorro continuaba en éxtasis–. Mañana lo iré a buscar y tengo una lista enorme de cosas que tenemos que hacer juntos.

–Eso, aprovecha antes de que te vuelva a dejar tirado –terció una voz detrás de Pingüino. Este se giró, aunque ya sabía quién era: Zorra.

–No me deja tirado –replicó Osezno, cayendo de cuatro patas en la trampa–. Hibernar es algo normal en los osos.

–¿Sí? ¿Y por qué tú no duermes, oso? –Zorra había visto la brecha y parecía decidida a atacar sin piedad–. Si por lo menos estuvieras KO te ahorrarías el sufrimiento de pasar el invierno pensando en él, ¿no crees?

–¡Yo no sufro! –gritó Osezno, golpeando la barra con el puño. Algunos vasos cayeron y varios clientes se giraron para ver qué pasaba. El oso no se dio cuenta.

Pingüino intervino para echar un cable a su amigo.

–Mira, Zorra, lo que haga el chaval no es cosa tuya, así que tus consejos sobran. Especialmente si los haces con mala fe.

–¿Mala fe? ¿Yo? No, no. Te equivocas. Lo que pasa es que una está curtida por la vida y sabe que todos los machos son iguales, sean de la especie que sean. Y si encima tienen coartada para desaparecer durante meses, ni te digo –Pingüino se preguntó si había detectado un punto de honestidad en el discurso de Zorra, momento que ella aprovechó para seguir acosando a Osezno–. A ver, niño, ¿tú quieres a Oso? ¿Estás enamorado?

–Sí.

–¿Y el siente lo mismo por ti?

-S… Sí… –Osezno pareció desinflarse en un segundo­–. No lo sé. Diría que me quiere…

–Vale, pero no lo sabes seguro, ¿no?

–N… No. O sea, me quiere. Pero él tiene cosas importantes que hacer.

–Cosas que hacer… Como… ¿dormir?

Pingüino creyó ver cómo las palabras de Zorra sacudían a Osezno. El cachorro se encogió y fijó la vista en el suelo mientras apretaba la botella de Coca-Cola en su zarpa. Pingüino distinguió grietas en el cristal. Levantó una aleta y la puso en el pecho de Zorra, para detenerla. Pero ella estaba desatada. Era evidente que había algo personal en su ataque.

–Sabes que la hibernación es optativa, ¿verdad? Que si Oso de verdad quisiera estar contigo sólo tendría que decirlo y los cuidadores os tendrían todo el invierno calentitos y alimentados mientras folláis como conej… –La botella de Osezno le dio a Zorra en mitad de la frente­–. ¡Ah! ¡Joder! ¡Estás loco, maricón de mierda!

–¡Déjame en paz, hija de la gran puta! –Osezno se lanzó contra Zorra con las garras por delante pero Pingüino estuvo rápido manteniéndolos separados.

–Será mejor que te marches, Zorra. Ve a que te mire un veterinario, que eso tiene muy mala pinta –intervino Tortuga desde detrás de la barra­–. Y, tú, chaval, más vale que te calmes o te largas también.

Y, como la palabra de una tortuga centenaria es ley, Zorra desapareció tal como había llegado y Osezno se sentó, cabizbajo.

–¿Me pone otra Coca-Cola, por favor? –atinó a decir entre dientes, muerto de vergüenza pero visiblemente afectado aún por la discusión.

–Creo que ha llegado el momento de tomar tu primer trago de verdad, chico –respondió Tortuga–. Y no me trates de usted, que me hace sentir viejo.

 

Un par de horas más tarde, Tortuga echó la persiana del bar y volvió a reunirse con Pingüino y Osezno, los únicos clientes que quedaban. El ambiente no podía ser más triste. El cachorro había estado medio lloroso todo el rato y ni había probado las patatas bravas, cuya salsa se había cuajado sin que a nadie le importara.

–Lo peor es que cada vez duele igual –soltó Osezno, como si hubiera esperado a que el bar quedara vacío para hablar del tema.

Pingüino puso su aleta en el hombro del osito, pero no dijo nada. Miró a Tortuga buscando apoyo. No sólo era más viejo y con experiencia, sino que era el barman.

–Bueno, que yo me entere… –empezó Tortuga, carraspeando. Pingüino se dio cuenta de otra ventaja de que el camarero llevara la conversación: apenas sabía de la relación de Osezno con Oso y tendría una perspectiva fresca–. Entonces tú estás enamorado de un oso que prefiere hibernar a estar contigo. Y tú estás de acuerdo con la idea pero te pasas semanas echándolo de menos –. Osezno asintió despacio con la cabeza –. ¿Y por qué no lo dejas y ya, coño? Aprovecha el invierno para buscarte a otro que te haga caso, ¿no?

Pingüino se quedó helado. Desde luego no había esperado que Tortuga tuviera unos métodos tan directos. Zorra no había llegado al mismo punto porque un botellazo la había parado a tiempo. Pingüino tenía la aleta agarrotada por el susto pero, por sorpresa para él, notaba a Osezno relajado. “Será el alcohol”, pensó con alivio.

–No quiero –contestó Osezno. Firme, pero sin rastro de enfado en la voz.

–¿Pero no preferirías una relación más normal? En plan continuo, digo.

–No. No quiero. Amar a Oso me hace querer ser mejor. Superarme invierno tras invierno. No quiero encontrar a alguien con quien conformarme. Pasar la vida juntos y… ¿qué? ¿Formar una familia?

–Oye, chico… –Pingüino se había sentido aludido. Aun sabiendo que Osezno había hecho un comentario general y sin malicia, de repente algo en Pingüino se había puesto en alerta.

–Ya sé –se adelantó Osezno, consciente de la reacción de su amigo–. Los pingüinos sois monógamos y encontráis pareja hasta que la muerte os separe. Pero, ¿quién ha dicho que esa muerte tiene que ser literal?

Pingüino abrió el pico, dispuesto a dar la réplica, pero lo cerró sin decir palabra. Alguna vez había barruntado si lo que realmente quería era la rutina de actuar para los visitantes del zoo, tomarse algo en el bar después y volver a casa con su mujer e hijos. El peor día fue, sin duda, cuando se dio cuenta de que repetía el mismo patrón durante el tiempo que estaba en la piscina, como si fuera una coreografía: paseíto por el borde, paseíto hacia fuera, subir la rampa, bajarla deslizándose sobre la barriga, responder a las risas del público con alguna monería, baño, comerse un pez. Y repetir desde el principio. Pingüina hacía exactamente lo mismo. Ni siquiera se miraban el uno al otro durante todo el espectáculo. Ni luego, en casa.

–Pero cuando llevas tantos años con una persona es normal que se enfríe la relación –Pingüino notaba la falta de convencimiento en su propia voz.

–¿No echas de menos nada? –le preguntó Osezno.

“¿En qué momento esto ha empezado a ir sobre mí?”, quiso protestar Pingüino. Pero no pudo hablar. Recordó que, cuando conoció a Pingüina, todo era como tenía que ser. Había risas, había planes juntos. Cada día salía a la piscina pensando que, si lo hacía bien, si era gracioso, alguien lo contrataría para un espectáculo de verdad. Un circo ambulante. Un modo de salir de ahí y ver mundo. Pingüina iría con él, sería su ayudante. Hubo crías. Tres maravillosos hijos. Y más risas. Pero fue entonces cuando, de forma inconsciente, descartó el circo. Y cada vez hubo menos risas.

–¿Echas de menos algo? ¿O a alguien? –insistió el cachorro.

–Sí.

Osezno se detuvo ahí.

Hubo un rato de silencio, mientras cada uno cavilaba sus propias conclusiones.

–Perdonad que os diga, pero no tenéis ni puta idea de lo que es echar de menos a alguien –la voz rota de Tortuga los trajo de vuelta–. Es más, diría que ni siquiera sabéis lo que es perder a alguien.

»A ti lo que te pasa, pájaro loco, es que te has hecho mayor. Es ley de vida. Si no te has dado cuenta es que estabas a otras cosas. Pero no pasa nada, será que lo que hacías te parecía interesante, ¿no? Porque si es que no, en vez de preocuparte deberías hacer algo. Además, no entiendo por qué tanto drama si tienes más amor en casa del que puedes gestionar. Hazte artista, trotamundos, vuélvete maricón como el cachorro y monta con tu novio una revista de variedades. Pero esa pingüina te va a querer toda la vida. Deberías ser capaz de vivir con todo eso sin poner esa cara de pena que llevas.

»Y tú, reina del drama… Tú… Mira, si sufrir así te va a hacer más fuerte, dale. Total, todo cae por su propio peso. Y si tu bello durmiente un día despierta y pasa de ti… bueno, a lo mejor eres tú el que deja de esperarlo antes, ¿no? Tanta mejora que dices… irá a hacia algún sitio, ¿verdad? ¿Eh?

Pingüino y Osezno miraban a Tortuga aturdidos. El camarero calló un momento y adoptó un tono más solemne.

–Tengo ciento cincuenta y cinco años. Perdí al amor de mi vida hace más de cien. Murió. No es que nos encontráramos de repente en un lugar que no queríamos. Ni mucho menos se tomó una siesta de tres meses. Hay ausencias que son definitivas. Irrecuperables. Cuidado, que no digo que sean peores. Es más, diría que lo tuyo, chaval, es bien jodido. Yo he podido hacer las paces con mi dolor, no es que cada tanto me vuelva a quedar en carne viva. Pero al final elegimos, ¿no? Cien años. Algo más. Y no hay un día que no piense en ella, que no le hable, que no recuerde algo que vivimos juntos: nuestras canciones, las bromas que compartíamos… ¿Podría haberla olvidado? ¿Borrado de mi mente? Un siglo da para eso, claro. Pero yo quería vivir de este modo. Y el día que entendí eso fue el día que dejé de sufrir.

»Y, ahora, a vuestra puta casa. Que mañana es un gran día.

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Foto: Kitchin & Hurst

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