Maspalomas y la libertad

Hay puertas más difíciles de abrir que las de un armario. Son las barreras que nos ponemos nosotros mismos y que nos impiden ir más allá. Hay quien se las pone debido a inseguridades y complejos. Habrá quien prefiere crearse un entorno de engañosa seguridad. En muchos casos, asumo que puede más la pereza. Pero, en cualquier caso, ser el carcelero de uno mismo es la forma más refinada y definitiva de alienación. Todos, sin excepción, nos ponemos frenos de este tipo. Supongo que los tipos equilibrados llegan a un acuerdo cordial con el celador, conscientes de lo que hay a uno y otro lado de la verja. No por llegar más rápido a donde nunca nadie ha llegado va a resultar que uno sea más feliz. Muchas son las cosas que tienes que dejar atrás para que el destino compense.

Los gais nos solemos quedar a la puerta del armario cuando hablamos de la libertad. La reducimos a una cuestión de visibilidad ante la sociedad y pensamos, por ejemplo, que somos más libres si vivimos en Chueca o el Gaixample porque podemos pasear con un chico de la mano. En materia de destinos turísticos, por otro lado, hay quien añade a la libertad el factor libertinaje y si puede follar con muchos y de varias formas y en escenarios variados, pues mejor.

Este concepto tenía yo en mente cuando oía hablar de Maspalomas como destino gay. Sumado, por si fuera poco, al prejuicio que tenía como destino a secas, con hordas de alemanes perdiendo la dignidad en masa por no saber tomar el sol ni beber como las personas. Pero, ah, amigo, el karma es una drag veterana que fuma cigarros con boquilla.

La primera vez que pisé la playa de Maspalomas iba con las barreras puestas a tope. No me gustaba el sol. No me gustaba la playa. No me gustaba mi cuerpo. No le gustaba a nadie. No podía estar desnudo bajo el sol en la playa frente a un montón de gente guapa. Yo no hacía esas cosas. ¿Cómo iba a ponerse alguien como yo en plan cachalote albino varado en la arena frente a lo más granado del turismo gay internacional?

¿Resultado? Volví a casa en silla de ruedas. Moraleja: si piensas en negativo te pasan cosas malas.

La convalecencia me dio tiempo para pensar. Compuse algunas teorías y puse las cosas en perspectiva. Decir que me levanté de la caída más fuerte que antes es una cursilada, pero en este caso la literalidad del asunto hace que no lo pueda evitar. Al mismo tiempo, podría decir que se me presentaron algunas oportunidades, pero es más apropiado resaltar que las busqué. Y esas oportunidades que me permití a mí mismo aprovechar abrieron la puerta a otras nuevas.

Y, con esta actitud, me planté en la arena de Maspalomas por segunda vez. Me habían dicho que mi recuperación completa pasaba por hacer largos paseos por la orilla, así que me puse a ello. No me imaginaba que sería una rehabilitación tan radical.

Salté de la firmeza del paseo y dejé atrás las primeras hamacas y su aire de playa familiar. Me crucé con los primeros guiris desnudos, con sus cuerpos estrambóticos enrojeciendo al sol sin complejos. Ahí es donde me había dado la vuelta la primera vez, abrumado por el peso de mi propia gilipollez. Pero mi destino estaba aún más lejos, señalado por una bandera arcoiris encima del chiringuito número 7. Y no se abrió la tierra bajo mis pies antes de llegar, ni me echaron a patadas por impresentable, ni me rodearon en corrillo para reirse de mis fofeces.

Ese día, tras hacer algo tan trivial y sumamente especial como estar tumbado desnudo seis horas en una hamaca, volví a casa bailando. Con la mamarracha popera de turno atronando por los auriculares y coreografíandome con las olas, disfrutando de la sensación de la arena mojada bajo los pies y el agua fría hasta las pantorrillas.

Después de aquella vez, por supuesto, he vuelto a Maspalomas. La diferencia es que no sólo hago bailando el camino de vuelta del chiringuito, sino también el de ida. La última vez, con el ‘Walking on air’ de Katy Perry en bucle, me crucé con un abuelo en mitad de la gran explanada húmeda que deja el oleaje. No llevaba nada más que una gorra, donde tenía prendido su reproductor de música, y estaba enfrascado en una vibrante, aunque algo ortopédica, sesión de Zumba él solo, ahí en medio, sin importarle un carajo lo que pensara el público asistente. “Este es uno de los míos”, pensé.

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