Yukio Mishima, 44 años después

En mi preadolescencia de niño debilucho y empollón pasaba ratos muertos hojeando la enciclopedia de casa. Podéis escupirme por friki, pero sí, me pasaba tardes enteras bajo la mesa del comedor leyendo una Larousse a color. Ese libro fue una puerta al mundo exterior. Un sendero pedregoso que en nada se parece a las autopistas de la información de hoy. Se nota que me hago mayor porque convierto viejos recuerdos en historias de Michael Ende.

El caso es que en esas páginas obtuve mazazos de realidad. Por ejemplo: la ilustración de “Anatomía” era una foto en blanco y negro de un culturista completamente desnudo. Del mismo modo, la entrada “Yukio Mishima” estaba ilustrada con esta misma fotografía:

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Mi mente infantil se cortocircuitó ante la energía que desprende la imagen. Obviamente, carecía de los mecanismos para decodificar la naturaleza de dicha fuerza. Pero algo en mí conectaba de un modo rotundo con ella. Estábamos en sintonía.

La desnudez del sujeto era, en sí misma, el primer impacto. La cantidad de piel expuesta colocaba esta imagen directamente en el terreno de lo prohibido. De adulto he renegado de los cuerpos musculados y aceitosos. Pero la cualidad vibrante del cuerpo de esta fotografía despertará para siempre en mí una fascinación auténtica e infantil. No digamos ya en ese primer momento de descubrimiento.

La katana, el pañuelo y los rasgos orientales añadían, en mi ignorancia, dimensiones casi mitológicas al personaje. La tosca vellosidad del pecho, vientre y, sobre todo, del brazo me inquietaban. Descubrían versiones lejanas de las pelosidades de los papás del vecindario.

Traer de vuelta mis recuerdos de infancia en este blog hace que tomen una relevancia dramática. Pero, aunque me da vergüenza por lo cursi, no creo ir desencaminado si atribuyo a esta imagen de Mishima el inicio de mis pasos adolescentes hacia la madurez. No sólo alimentó mi homosexualidad sino que, además, destruyó definitivamente mi mundo de literatura infantil y juvenil. Culpa suya es mi interés por lo nipón. Estirar del hilo de su obra significó leer a autores relacionados, como su mentor Yasunari Kawabata. Otro que se suicidó, eso sí, después de ganar un Nobel de literatura. Para mí fue inevitable empezar a bucear en la cultura japonesa, después de zambullirme en un ambiente tan extraño y lleno de morbo.

Con el tiempo, aprendí que Yukio Mishima era un loco. Una de esas criaturas con un destino claramente marcado incluso antes de nacer. Y una vida que ya está escrita no puede ser menos que impresionante. Dramática. Llena de fuerza hasta en las anécdotas. Mishima se lanzó a representar el papel que le había tocado. Vaya si lo bordó.

Su infancia estuvo marcada por una abuela tirana, violenta y medio loca. Al niño Mishima le enseñaron a golpes que había nacido para ser un príncipe guerrero. Honorable descendiente de una saga de samuráis. La consecuencia lógica de esta educación es un adulto fascinado por la violencia y que venera la figura del Emperador. Yendo un paso más allá tenemos a un ultranacionalista radical, de quijotescas aspiraciones de gloria. Al que, por desgracia, le ha tocado vivir el momento más humillante de la historia japonesa: la derrota en la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de facto del ejército norteamericano.

El frenesí interior de Mishima desbordaba de un modo tan poderoso que llegó a transformarlo físicamente. El fervor y fanatismo de un niño debilucho y escuálido lo llevaron a ser un hombre de físico exultante. Furioso. Pura encarnación del vibrante delirio en el que vivía.

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La mayoría de fotos de Mishima desprenden una fogosidad vital arrebatadora. Su narcisismo no tenía límite. Su idealismo político, menos. La ira ante la decadencia moral y social de su Imperio era infinita. También su pena.

Sus planteamientos ideológicos, despojados de idealismos románticos, eran los de un monstruo. Por eso sorprende que, en sus múltiples contradicciones, Mishima mostrara una sensibilidad extrema. La mayoría de sus obras son descarnadas autobiografías maquilladas.

A los 24 escribió “Memorias de una máscara”. Os dejo un enlace a un blog con un fragmento de la novela. Es una muñeca rusa: los lectores fascinados ante la fascinación de un personaje de ficción que canaliza la fascinación de un escritor.

Que alguien se atreva a decir que no se siente identificado con esta escena. Que no ha recordado su propio despertar sexual. A veces, con los estímulos más inesperados. Estudiar el propio glande con curiosidad extrema. Admirar el semen derramado como algo ajeno. Nuevo. Símbolo de un algo aún confuso e incontrolable.

Así que, años más tarde, me encontré de nuevo fascinado por la figura de Mishima, ahora ya con unos pocos de pelos más ahí abajo. Porque mi identificación con esa escena es abrumadoramente literal. Fui educado en un ambiente muy religioso. Católico. Los primeros torsos desnudos que vi fueron los de los mártires. Los Cristos crucificados. Un imaginario de poderoso contenido dramático. Que apela directamente a las emociones, lo atávico que llevamos dentro. Sé perfectamente que esas imágenes te colocan en un estado anímico y mental especial. En aquel momento, la fe envolvía esas imágenes con un manto protector. Aún hoy, me resisto a convertirme en un iconoclasta pajillero. Pero reconozco el poder de esas figuras. Incluso antes de saber que San Sebastián es poco menos que el patrón de los gays, yo ya sentía fascinación por él. Por las figuras contorsionadas del Barroco. Por sus cuerpos decadentes y apaleados.

Pero Mishima, cómo no, tenía que ir más allá. Ser un perturbado parece inherente a los genios. Y cuánta perturbación produce la represión sexual. Cuánto arte ha generado la castración social de un artista con una sexualidad torturada. A veces pienso que si nuestra generación produce Lady Gagas en vez de Dalís es por culpa de la liberación (homo)sexual. Lo hemos banalizado todo: el Eros y el Thanatos. Nos mató la desidia.

El caso es que el mito de San Sebastián es de una identificación tan brutal con la figura de Mishima que resulta hasta dolorosa. Trágica. De un patetismo que abarca toda las connotaciones del término.

Ponle un San Sebastián delante a un maricón y verá a un chulazo siendo penetrado por todos los sitios imaginables, alcanzando un éxtasis que mezcla dolor y placer. Pónselo delante a Mishima y acabará haciéndose retratos de esta guisa.

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De hecho, Mishima terminó sus días siendo mártir. Desgarrando sus entrañas y esparciendo sus tripas por el suelo. Se inventó una última carga contra sus molinos de viento para darle mayor empaque dramático a su final. La suya fue la muerte teatral del héroe que perece en una última carga heroica.

La dramaturgia del acto fue ampliamente superada por la realidad: el amante de Mishima, encargado de decapitarlo y darle la liberación definitiva, falló. Hasta tres veces le negó una salida honorable. El fracaso hizo que él terminara con su vida y cruzara el umbral junto a Mishima.

De esto hace hoy exactamente 44 años. Si Yukio Mishima no hubiera existido nunca, el niño Kimitake Hiraoke podría ser ahora un venerable anciano de 89 años. Con sus éxitos y sus fracasos en la vida, pero fundamentalmente gris. Pero Mishima sabía desde muy pequeño que iba a morir joven. Sin dejar que su cuerpo entrara en decadencia. Inmolándose en un estallido mediático que alumbraría generaciones posteriores.

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